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El don. Un cuento logístico

El atardecer limpio y frío bajo la sombra de la montaña, a la luz amarillenta del porche, producía una agradable sensación que contrastaba con su nerviosismo. El humo de la chimenea de la cabaña, que parecía reptar y retorcerse sobre las tejas, en lugar de subir hacia el cielo raso, auguraba un cambio de tiempo inesperado.

Apenas hacía dos días que estaba allí con su pequeño. En la vieja casita de madera, a medio camino entre el valle y la cima. Lo habían decidido pocas semanas antes. Unos días alejados de todo, tras dos años de pandemia y dificultades.

Él no estaba, pero se reuniría con ellos muy pronto. Era lo que habían planeado y esperaba –no sin cierto temor- que así fuera. Lo haría tras su último servicio de transporte, allá abajo, en la inmensa llanura que muchos kilómetros al oeste acababa en el mar.

Recordó aquel febrero de 2020 cuando tomaron la decisión: a él le gustaba emplear el plural al contarlo. Tras años trabajando para una gran empresa de transporte y operaciones logísticas: la independencia. Comprar un vehículo, un trailer, con algunos ahorros y un crédito arriesgado –así lo calificaba pensando en la entidad financiera y en ellos mismos- y mover mercancías por cuenta propia aquí y allá. Ella seguiría teletrabajando para el museo y ocupándose del pequeño que, por entonces, apenas había cumplido un año. En el futuro –planearon- quizás cambiarían los papeles. No sería fácil, pero era su proyecto.

Apenas habían pasado ni treinta días desde aquel primer paso en pos de su sueño y llegó la pandemia. Un golpe terrible, brutal, empapado de lágrimas, ante la perspectiva del horizonte más oscuro. Por fortuna, no fue así. Lo peor fueron las largas jornadas de separación y aislamiento. Propio, familiar, el uno del otro. Pero había trabajo. Mucho, de hecho. Hacían falta transporte y logística. Y no dejó de haber palés que transportar.

Los kilómetros se sumaban al tacógrafo, las cargas se sucedían y los meses y centímetros hacían crecer al pequeño Lucas. Así, casi sin darse cuenta, pasaron dos años. Largos, intensos, fructíferos.

Por eso, tras dos Navidades tan exigentes en trabajo como extrañas y distantes en las relaciones sociales, este fin de año sin pandemia, habían decidido aislarse durante unos pocos días. Los tres. Sin más compañía. En aquella sencilla cabaña que había sido de sus padres y antes de los padres de su padres. Allí querían ver abrirse los ojos de Lucas frente a sus regalos, la mañana más resplandeciente de la Navidad: aquella que estaba iluminada por las caras y las inacabables sonrisas de los más pequeños.

La discusión

Habían planeado con mimo esos días. Ella y el pequeño llegarían primero con el coche familiar y los víveres; él un día más tarde, tras la última entrega. El trailer no podía llegar hasta la cabaña, claro, lo aparcaría a resguardo en el pueblo y buscaría cómo subir. Alguien lo ayudaría.

¿Y los regalos de Lucas? Ella habría preferido llevarlos consigo, pero eso podría haber estropeado el momento mágico y, quizás para siempre, la credulidad del peque. También podría haberlos llevado él, pero conseguir alguno de esos juguetes había sido singularmente difícil hasta el último momento –¡malditas modas y anuncios de temporada! pensó ella- retrasando irremediablemente su llegada.

Discutieron por esta cuestión. Ella se sintió especialmente contrariada. Aquello no le gustaba, le daba mala espina. Y no sabía por qué. Pero él la tranquilizó. A fin de cuentas conocía muy bien de lo que hablaba. Confiarían la llegada y entrega programada de los regalos navideños de su hijo –que el pequeñajo esperaba que sucediera a través de la chimenea- a un operador logístico con área de negocio de mensajería.

Aunque siempre decía que en su negocio “había de todo”, recitó de memoria no menos de una docena de compañías de tres y más letras que harían perfectamente y a tiempo ese trabajo “delicado”, para un cliente tan “exigente” como menudo, . Si Lucas esperaba tener sus regalos la mañana navideña por excelencia, la entrega fallida o no producida no era una opción. Eligieron una de esas compañías y siguieron con el resto de su plan.

La espera

Desde aquello había pasado menos de una semana, llena de preparativos frenéticos pero que fueron encajando fácilmente como los cubos de un rompecabezas infantil. El pronóstico del tiempo era excelente y el tracking de los paquetes que debía recibir, enviado periódicamente por la empresa de mensajería a su teléfono móvil los días precedentes, le habían recordado con un ding dónde estaban en cada momento y cuándo llegarían.

Por eso su frustración era ahora mayor. Todo se complicaba. Sin televisión allí arriba y con escasa cobertura telefónica, solo disponía de información intermitente por esa vía y por las noticias carraspeadas por una viejísima radio. Pero las señales del humo de la chimenea, el tiempo encapotado y la rápida bajada de las temperaturas, no dejaban lugar a la duda: una fuerte precipitación en forma de nieve se avecinaba, lo que podría incomunicarles.

Haciendo equilibrios sobre la escalera desplegable que conducía al desván de la cabaña –en una postura que la hizo recordar, como experta en arte, una de sus esculturas favoritas, “el Mercurio” de Jean de Bologne– consiguió la suficiente calidad de señal durante unos pocos minutos para hablar con él y confirmar sus peores augurios. La nevada iba a ser de campeonato.

La tempestad

No le preocupaban las condiciones en las que se encontraban. La cabaña estaba preparada y, además de calefacción, disponía de suficiente leña, alimentos y todo lo que pudieran necesitar. Ella y su hijo. Pero estaba frustrada porque todo se iba al traste y debía ocultarlo para no preocupar a Lucas. No es cierto que los niños no se den cuenta de las cosas –se dijo-, al contrario.

Le echaba de menos a él y también sabía que los regalos de Lucas no llegarían a tiempo. Ahí había estado su premonición. En su breve conversación telefónica, él le había dicho, solícito, que vería qué podía hacer, pero ella sabía que solo era para intentar tranquilizarla.

Los gritos de Lucas la despertaron de esos pensamientos y de su desilusión creciente.

Subido a una silla y mirando al crepúsculo tras los cristales, señalaba algo con su dedito índice y gritaba:

—¡El don, el don!— y giraba su carita emocionado de la ventana a su madre.

No sabía si el niño se refería a algo real o imaginario. ¿El don? ¿Qué don?

Solo le había oído decir esa palabra al encontrarse a un vecino en su casa de la ciudad. Don Germán, médico, vivía dos pisos más arriba y todo el mundo en el edificio le llamaba así: don… Germán y el niño, naturalmente, lo había aprendido. Pero no podía ser ¿O sí?

Con más cuidado del que correspondería a su edad, el pequeño bajo de aquella recia silla típica de cabaña alpina, cogió a su madre de la mano agarrándole un dedo y la acercó a la ventana, tras encaramarse de nuevo a su atalaya.

Ella hizo un par de círculos con su mano para retirar la pátina que el calor había insertado en el cristal, intentando ver algo tras la suave lámina de agua que creaba la condensación. Acercó su nariz, sintió el frío y algo la sobresaltó.

Miró a su hijo que no cesaba de repetir lo mismo, sin dejar de sonreír excitado:

—¡El don, el don, el don!

Una luz. Una luz roja en la oscuridad a la altura de sus ojos. La vio. Primero como una sospecha que creyó fruto de su imaginación. Luego como una certeza. Su mente trabajaba en busca de respuestas. Finalmente, con más miedo que templanza, decidió salir a ver. Negro y blanco. La noche lo teñía todo, y la nieve ya hacía horas que había alfombrado la montaña. Densa, suave y copiosa.

Se abrigó, e hizo lo mismo con su pequeño, al que todo aquello le parecía un juego muy divertido.

Llevando de la mano enguantada a Lucas, abrió la puerta y el frío se coló raudo por todos los rincones de aquel refugio. Sonaron tres dings consecutivos en su móvil, que llevaba en el bolsillo. Miró la luz y oyó el ligero zumbido, unos metros por delante de ellos; luego, algo cayó casi a cámara lenta sobre la algodonosa capa de nieve virgen ¡plof!… y entonces lo comprendió todo.

El don. Epílogo

Poco después llegaba él, exhausto. Con la carretera cortada, había recorrido el último kilómetro a pie, bajo la negrura y sobre la capa nívea. Las lágrimas volvieron a aflorar justo antes de cerrar la puerta. Después tocaba abrir el regalo. Sin más esperas. Lucas lo entendería.

En realidad era el único que lo había hecho. Su padre se los había enseñado y el pequeño se había quedado con aquel sonido y aquella imagen que reconoció, apenas perceptible, tras el cristal: el “don” de su media lengua infantil era un dron.

Y sí, su padre había podido hacer algo. Había llamado a amigos, antiguos compañeros y gracias al compromiso de todos los que trabajan en la logística había conseguido que, al menos, uno de aquellos regalos llegara a tiempo “a lomos” de un dron –el único medio posible aquella noche-, algo inusual, pero que pronto se haría común.

La magia se había producido. Casi un milagro de Navidad, con permiso de la gestión, trazabilidad, tecnología, y compromiso de entrega de quienes gestionan y transportan cada día cada uno de los paquetes que recibimos.

Dedicado a todos los Lucas, niños y niñas, y a sus padres, abuelos, tíos… que hacen de la ilusión un verdadero compromiso cada 25 de diciembre y 6 de enero… y, por supuesto, a todos los que hacen lo mismo por la logística.  

¡Feliz Navidad y Feliz 2023!

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