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A ver quién es el que la tiene más grande

Cada vez más lo grande se hace más grande. Y poderoso. Lo vemos constantemente. Y no parece haber nada para remediarlo. Los grandes se hacen más grandes y los pequeños a disputarse lo poco que quede del pastel. Hablo de empresas.

En Occidente, el país de la mayor democracia económica del mundo, ya se preocupaba en 1890 por vigilar que se mantuviera el imperio de la libre competencia. A iniciativa del senador John Sherman, ese año el Congreso de los Estados Unidos aprobaba la llamada Ley Sherman, que prohibía tanto los acuerdos anticompetitivos, como las conductas que monopolizaran los mercados. Una ley “antitrust” que fue ejemplo para otras a lo largo del siglo XX. 

La línea entre la colaboración, la sinergia o la creación de grupos empresariales y el monopolio es muy fina. A veces se diluye y traspasa. Especialmente en mercados estrechos donde, por sus características, caben pocos actores. Entonces hay que estar más vigilantes para evitar el abuso de la posición de fuerza.

Pero se puede. El ejemplo lo tenemos muy a mano en el mercado internacional de la manutención. Un sector concentrado en un puñado de grupos líderes en ventas y posicionamiento, y aun así sano y leal. Donde la competencia cabe incluso entre marcas pertenecientes al mismo grupo matriz. Es más, se dan uniones, fusiones o adquisiciones entre compañías de subsectores complementarios. Manutención y sistemas de almacenamiento, por ejemplo. Nada que objetar.

El liberalismo económico –al contrario que el intervencionismo como el que practica este Gobierno cada vez con más frecuencia- consiste en eso. Dejar que los actores privados, empresas esencialmente, tengan libertad económica sin apenas intervenciones de Estados o Administraciones. Apenas, recalco. Y ahí está el meollo de la cuestión.

Grande no es sinónimo de monopolio

Aunque existen mecanismos en los países Occidentales –el mejor sin duda sería la auto regulación-, aunque en décadas pasadas yo mismo he publicado negativas oficiales a la formación de grupos o macro empresas, cuyo desempeño ocasionaría de facto un monopolio, parece que nos hemos olvidado de ello. Del todo. Solo hay que mirar ahí fuera.

Y el ejemplo más palmario de lo que es un monopolio es el sector de las navieras y, con ello, el del movimiento de contenedores marítimos que ahora, además, amenaza con extenderse a otros modos. Un mercado dominado de hecho por menos de una decena de compañías y, a la postre, por tres grupos. Solo tres. En todo el mundo. El resultado, los precios desorbitados de los fletes. La consecuencia, que es la prueba del algodón, los beneficios insultantes de esas compañías.

Todos los saben y, sin embargo, nadie ha hecho nada para evitarlo.

¿Se puede? Aún enarbolando la bandera del liberalismo, la respuesta deber ser que sí. La posibilidad de limitar ese enorme poder en determinadas condiciones.

La tendencia por ahora está marcada. Ni es el único caso, ni parece que vaya a ser el último. Esta misma semana hemos anunciado la fusión de los puertos de Amberes y Brujas, creando el mayor puerto exportador de Europa. No es poca cosa ¿Monopolio? Quizás no lo sea. Ya veremos.

Y lo preocupante es que quienes antes y con más ahínco desarrollaron leyes anti-monopolio (EE.UU. y Europa) acogen hoy compañías que son los ejemplos más notables de “grandes hermanos económicos”, demostrando una vez más que G. Orwell fue un visionario.

Y también que es necesario un nuevo escenario.

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