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Una nueva forma de comprar

Al principio de esta crisis le pregunté a un amigo mío que trabaja en una magnífica cadena de supermercados, qué es lo que iba a pasar. Su respuesta fue que no dejaríamos de comer y de limpiarnos, y que, si había que reducir costes, eso harían.

No sé si es por el impacto que me ha dejado la pandemia, o porque pienso que los políticos no van a conseguir esta vez que todo siga igual. Me están entrando ganas de mover el árbol para ver si caen melones o sandías. Siempre he escrito que nuestra forma de comprar es muy antigua y, por lo tanto, obsoleta. Les ofrezco mis reflexiones, por si a mi amigo o alguien le sirven de algo.

No, no vamos a dejar de comer y seguiremos comprando en los supermercados. La pandemia ha provocado una situación logística tensa que se ha resuelto magníficamente. Los lineales han permanecido cargados a pesar incluso de algunas locuras impredecibles, como la del papel higiénico o el miedo de los empleados de toda la cadena de suministro.

Ahora entramos en otra fase en donde el dinero disponible ya no será el de antes. Tendremos que comer menos carne o limpiarnos con papel higiénico menos veces. Me temo que las cadenas de supermercados tendrán que hacer recortes.

¿Sí? ¿Por qué no cambiar?

Los fabricantes llevan muchos años haciendo dos cosas:

  1. Concentrar sus productos cada vez en menos fábricas y almacenes buffer
  2.  Confiar más en distribuidores, sobre todo si les ayudan a vender sus productos.

Noticias como la de que Deliveroo venderá productos de Nestlé en 30 minutos en Barcelona deberían hacernos pensar. Va a ser difícil que funcione.

Va en contra de una de las cosas que está haciendo Nestlé. También va en contra de Deliveroo porque lo barato de su entrega de mercancía se basa en los reducidos costes de los desplazamientos, dependientes de su coste salarial y de la geografía. Pero mi amigo debería tomárselo como un aviso. Si tuviera éxito, los fabricantes se decantarían por este modelo, mucho menos costoso y, sobre todo, porque les acercaría más a sus clientes. La tienda ya no sería una obligación.

Un ejército de compradores trata con un ejército de vendedores para ponerse de acuerdo en el precio de un producto y los lugares que ocupará en la tienda. Otro ejército de logísticos intenta mantener lo más bajo posible el coste de la logística para llevar la mercancía desde el almacén a los puntos de venta. Por supuesto, en casi todos los casos su logística es propia (se ahorran el dinero que podrían ganar los 3PL si consiguieran gestionar su operación).

Otro ejército de gente busca superficies libres en las grandes ciudades. Cada día más grandes, para que sus tiendas tengan los pasillos más anchos o quepan más cosas. Los jefes de tienda se esfuerzan para que estén limpias. Los responsables de la cadena intentan distinguirse por algunos de los productos que ofrecen, por ejemplo los perecederos, acercándose cada día más a los mercados de abastos, o incluso al campo. Las grandes superficies intentan tener de todo. También se distinguen por las ofertas, intentando hacernos creer que comprar cada día es diferente.

Un empleado del súper repone los lineales para que siempre parezcan llenos. Nosotros caminamos por los pasillos y sacamos la mercancía del lineal y la ponemos en el carro. Cuando terminamos sacamos la mercancía del carro y la ponemos en la cinta de la caja. Después de que la lean la sacamos de la cinta y la ponemos otra vez en el carro o en una bolsa y otra vez al carro. Luego sacamos las bolsas del carro y las metemos en el maletero del coche. Luego las sacamos del maletero del coche y las subimos a nuestro piso, donde, finalmente, acaba la compra, cerca de la nevera.

Es urgente que a alguien se le ocurra otra forma de hacerlo. Durante la pandemia los pedidos por Internet han subido, pero antes eran menos del 2 por 100 de las compras (en Gran Bretaña el 7 por 100). Lo que sí ha aumentado es ir a comprar y dejar el carro en la cinta, para que el resto de cosas las hiciera el personal de las tiendas. Desde luego, se me ha quitado el miedo a ser engañado. Ya no me importa de dónde salen las cosas, a mis hijos desde luego que no.

Ahora imaginen una plataforma en la que una maquina etiqueta bolsas con un pedido y las mete en cajas plásticas. Hace tiempo que existen robots muy fiables que son capaces de guardar las cajas en un volumen reducido, y muy rápido, se laman mini-load.

Llega a la plataforma un camión de leche y descarga la mercancía. Unos empleados desmontan los palés y van poniendo las cajas en un sorter (una cinta que se mueve y desvía cosas hacia toboganes). El mini-load ha sacado todas las cajas que piden leche y hacen cola en un camino de rodillos en los toboganes del sorter. El sorter desvía la mercancía y va llenando las cajas que vuelven al mini-load si hace falta. Llega un camión con otro producto y se repite la escena. Al final del día tengo muchos pedidos completos en sus bolsas, dentro de las cajas en el mini-load. Puedo hacer un último intento de completar más pedidos bajando la mercancía sobrante de ayer. Apenas tengo stock.

En lugar de recibir el pedido de su centro de distribución en un camión, a horas intempestivas, para no molestar a los vecinos, las furgonetas llevan los pedidos completos a las tiendas que, a su vez, reparten las bolsas en cajas plásticas por su barrio (también pueden completar los pedidos si hace falta).

Los fabricantes se acercan más a sus clientes. Los distribuidores pueden bajar sus costes. Imaginen que alguien puede montar muchas plataformas como la que he descrito.

Si, además, cambiamos el paradigma y hacemos que en lugar de venir a comprar a una tienda, le servimos el producto, porque sabemos que cada semana necesita 3 litros de leche. Empujamos una mercancía conocida, en lugar de dejar al comprador a su impredecible libre albedrío, dejándolo este solo para artículos gourmet.

Es una idea, tal vez peregrina. Habrá que reducir costes, pero también es necesario encontrar una nueva forma de comprar.

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