Hace unas semanas volví a China, un país que fue mi hogar durante dos años en medio de una pandemia. Durante ese tiempo aprendí mucho, no solo a nivel personal, sino también profesional. Regresar después de todo este tiempo fue, para mí, como reencontrarme con un lugar familiar, pero también como asomarme al futuro tecnológico que también impacta al sector logístico.
Esta vez no tuve la oportunidad de adentrarme en ninguna plataforma logística de una gran compañía, pero tampoco tuve que hacerlo para darme cuenta de lo avanzados que están en estos términos. Solo con observar la vida diaria es fácil darse cuenta que la logística allí es más eficiente, rápida y “conveniente” -una palabra que les encanta utilizar a mis amigos oriundos- de lo que nos podamos imaginar: entregas entre el sur y el norte del país -separados por miles de kilómetros-, por carretera, en menos de tres días; miles de paquetes dispuestos en las zonas de distribución de última milla que siempre llegan a tiempo a su destino o incluso drones que te llevan un pedido de comida o bebida a los parques. Algo que aquí todavía nos parece casi imposible.
Pero lo que más me fascinó durante mi viaje fue ver cómo la tecnología y, sobre todo, los robots están ya completamente integrados en la vida cotidiana de los chinos. En Chengdú me crucé con un robot que se movía libremente por los pasillos de un centro comercial, cargado de figuritas y juguetes. Escaneando un QR —la forma más habitual de pago allí— puedes comprar lo que quieras sin moverte del sitio, sin necesidad de desplazarte a la tienda, que puede estar en otra planta de las muchas que suelen tener los grandes centros comerciales del país.
Otra experiencia curiosa la viví en uno de los hoteles en los que nos hospedamos. Pedimos la cena a través de Meituan, una especie de “UberEats” chino, y me sorprendió que el servicio de habitaciones estuviera liderado por un robot. Subió en el ascensor hasta nuestra habitación y nos avisó con un sonido al llegar. Recogimos el pedido, que traía en un compartimento interior y pulsamos el botón para que volviera a su sitio: a esperar al próximo pedido para que, en vez de que el huésped baje a la recepción del hotel a por el mismo, lo reciba en su habitación. Fácil y útil para ambas partes.

De las máquinas expendedoras a los AGVs
También en Pekín, en el distrito de arte 798, me encontré con un AGV con forma de pequeño vehículo que se movía entre diferentes puntos del área transportando bebidas frías. A pesar de la extensa variedad de cafeterías y restaurantes que hay en la zona, el vehículo es otra manera más de facilitar el acceso a un producto de alta demanda -más bajo el sofocante calor de agosto en la capital del país-, llevándolo a donde está el transeúnte sin distraerlo de su ruta.
¿He dicho ya que en este viaje no visité ningún almacén? Bueno, pues sí lo hice, pero de una manera un poco peculiar. En Chongqing, la conocida como la ciudad “ciberpunk” de China, donde además de rascacielos puedes encontrar decenas y decenas de centros comerciales, visité Harmay, una conocida cadena minorista de cosmética que ofrece marcas internacionales. Las paredes rosas nos guiaban hasta el centro de la tienda, presidido por un sorter lleno de cajas con productos que da paso a un almacén perfectamente organizado en el que -por qué no- perderte por sus estanterías. Una suerte de tienda experimental que mezcla el diseño industrial con un concepto más futurista.

Una logística centrada en el usuario final
Lo que vi durante los días que visité el país no es solo tecnología; es una manera distinta de pensar la logística, de diseñar procesos, espacios y servicios con el usuario final en el centro, sin perder de vista la eficiencia. Cada robot, cada vehículo autónomo y cada espacio diseñado entorno al sector refleja que el futuro de la logística no consiste únicamente en ser más rápido o estar más automatizado, sino en ser más integrado, más inteligente y, en cierto modo, más humano.
No voy a mentir: volver de China se hace cada vez más difícil. Y no, no es sólo por la nostalgia de lo vivido y aprendido allí. También es porque regresar significa enfrentarte a un día a día con menos facilidades que te hacen plantearte muchas cosas, como lo rápido que ha evolucionado el sector logístico en el país en tan sólo tres años. Pero cada vez que vuelvo lo hago con la certeza de que todavía tenemos un margen enorme para mejorar en España, y con la sensación de que, esta vez, nos toca aprender a nosotros de lo que ya funciona para construir un futuro logístico a la altura de las necesidades.
















